El misterioso caso de Styles (The mysterious affair at Styles), 1920

Todo empezó por una apuesta y Agatha Christie, por supuesto, la ganó. Las dos hermanas estaban comentando una de las novelas policíacas que tanto les gustaban. La escritora, en su Autobiografía (1977), cree recordar que se trataba de El misterio del cuarto amarillo (1908) del novelista francés Gastón Leroux. La hermana de la autora, Madge, como cualquier ferviente admirador de Sherlock Holmes, ya le había iniciado desde pequeña en las novelas de intrigas. En medio de la conversación Agatha comentó con entusiasmo que quería intentar escribir una novela de este tipo. Su hermana puso en duda su capacidad para realizar tal hazaña. Ella lo había meditado durante mucho tiempo y encontraba muy complicada su realización, por lo que apostó que no sería capaz de lograrlo. Para la testaruda Agatha no había nada más apasionante en el mundo que ganarle una apuesta a su hermana. Por supuesto la ganó y de qué manera.

En plena 1ª guerra mundial Agatha Christie mientras que trabajaba como enfermera en el laboratorio de la farmacia de un hospital comenzó a darle vueltas a la intriga y, naturalmente, inspirada por lo que le rodeaba, decidió que utilizaría el asesinato por envenenamiento. Finalizada en 1916 y “razonablemente satisfecha” envió su primera novela a Holdder Stoughton que la rechazó simple y llanamente. Qué ojo. Supongo que el editor y sus herederos todavía estarán lamentándolo.

Pero no fue el único, hubo cinco rechazos más antes de que alguien suficientemente avispado viese las posibilidades de la joven autora. John Lane, director de la editorial The Bodley Head, le escribió una carta, 18 meses después de recibir el manuscrito, indicándole que el comité de lectura lo había encontrado suficientemente interesante para publicarlo, si accedía a realizar algunas modificaciones y volver a escribir el capitulo final.

Agatha comienza con sus secretillos. Quiere firmar la novela con otro nombre: le gustan Martin West o Mostyn Grey. Por suerte, su editor insiste en que utilice su verdadero apellido y, sobre todo, su nombre, que le encanta. Por fin, su primera novela llega al público en febrero de 1921, aunque su copyright sea de 1920, de la que se vendieron 2000 ejemplares, y también aparece por entregas en el The Weekly Times. Al final la obra le aportó por esta última aparición, solamente, 25 libras esterlinas pero Agatha estaba tan contenta que, cuando lo celebró con su primer marido, tenía la sensación de que a la mesa de la pareja había otro invitado con ellos: un tal Hércules Poirot.

Y con ella llegó la revolución de la novela de intriga. Mezcla lo que le gusta, el género inventado por Edgar Allan Poe con Los crímenes de la calle Morgue (1841) y perfeccionado con el célebre personaje, Sherlock Holmes creado en 1887 por Sir Arthur Conan Doyle, con las lecturas de sus contemporáneos ingleses o franceses, añade toda su personalidad, crea un logrado ambiente, sin olvidar la crítica social de los retazos de una época, la victoriana que una parte de la población se niega a enterrar, y debuta con la ópera prima más prometedora de las novelas de intriga que se pueda esperar de una novel escritora.

Hastings, herido de guerra, se recuperada en Styles -condado de Essex- en la casa de campo de la madrastra de un amigo y nos cuenta en primera persona el trágico suceso que ha presenciado y que ha movilizado toda la prensa. En especial, me imagino la rosa, dado que la citada madrastra está forrada. Emily Inglethorp, anciana viuda de unos 70 añitos, se ha casado en segundas nupcias con un hombre mucho más joven que ella (como se ve, la tendencia cougar -mujer madurita con posibilidades que sale con jóvenes- ya existía hace 100 años, si es Agatha es muy moderna…). En la mansión viven los dos hijos de su primer marido, dos aristócratas bastante vagos, la esposa de uno de ellos, la gobernanta que sale disparada de ese hormiguero, dos doncellas, tres jardineros (antes de la Guerra eran cinco, los sacrificios que esta familia tiene que soportar…).

Una noche, tras unas terribles convulsiones, la señora muere envenenada por estricnina y, evidentemente, todos resultan sospechosos, dado que lo que esperaban era que la palmase cuanto antes para poder heredar. Por suerte, Hastings, que durante toda la novela demuestra que es más cortito que el rabo de una boina, encuentra a un estirado belga, refugiado de guerra y jubilado de la policía, que le ayuda a descubrir al criminal. Agatha Christie acababa de crear al célebre Hércules Poirot.

La novela es una delicia. Todos son más que sospechos pero, sobre todo, el joven viudo. El conjunto de los habitantes de Styles lo identifican de inmediato como el culpable pero Poirot conseguirá demostrar su inocencia. La trama no ha hecho más que comenzar, hay un testamento medio quemado, tazas de té rotas, pisadas en el jardín… y todo un sinfín de indicios que permiten que el lector descubra al verdadero asesino. Pero Agatha Christie estaba ahí para impedirlo y engancharnos para siempre a sus misterios. Tras el éxito de esta novela, todos esperan una nueva aventura de Hércules Poirot, pero la Reina del Crimen ya había decidió que nos sorprendería de otra manera. Pero eso ya es otra historia.

Continuará…

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